El Tren de la Vida- I Estación
Mi tren ha emprendido su viaje sin retorno exactamente el día que me concibieron.
Mis viajes han sido como el de todos: colmados de experiencias. Algunas, tan traumáticas, que las he olvidado…
Pero, añoro recordar el día, cuando maduro, el vientre de mi madre comenzó la puja para expulsarme del vagón más mullido y confortable.
Me imagino atravesando dolorida, el estrecho pasadizo donde habita una fuerza descomunal que hace arrojarme fuera de ella.
Seguramente amé a mi madre más que nunca. Compartíamos la experiencia del intolerable resquebrajamiento físico y de la renuncia de pertenecernos absolutamente una a la otra.
El latido de sus vísceras confundido con el de mis venas y arterias se habrá vuelto insoportable.
- “Voy a morir “... temí
Mi mente crea el grito que debiera ser un aullido de reclamo: Mamáááááá!!!!!!!!.
El cuerpo, inexplicablemente ,se desplaza como si una memoria programada lo obligara a descender.
De a ratos, escucho a mi madre quejarse con voz aguda y ahogada.
Otras voces dicen cosas que no entiendo.
Desde dentro, la fuerza poderosa me empuja con cierto ritmo brutal. Resbalo en una tubería húmeda y sangrante. Me creo lastimada.
Mis hombros se acomodan con movimientos que luego supe que sólo un contorsionista entrenado podría imitar.
Ahora, el empujón propinado me lanza frenéticamente, y ya no puedo- sé-, guardar esperanza alguna para retroceder.
Algo gira mi cabeza como a un trapo se lo retuerce para desagotarle el agua sobrante. Y una sensación gélida me atraviesa desde la cabeza hasta la más ínfima terminal nerviosa. Es una impresión pavorosa.
Otro algo, tira de mis hombros – uno por vez – y amplía su territorio para tomarme totalmente.
Perforan mis oídos ruidos y voces apuradas e intensas. ..
_”¡Nena!”- gritó alguien...
Me elevan sujetándome los pies, como cuando se cuelgan los conejos recién atrapados.
Oigo que lloran…con un llanto raro…Ríe, llora, habla…reconozco inmediatamente la ternura de mamá. Me roza con la suavidad de su piel y olvido todo el trauma anterior. Me toma entre sus brazos y me deposita sobre su pecho .El acto, golpea en mis neuronas imprimiendo su olor, que me signará para siempre la unión primigenia e indisoluble.
Me gozo en ese mar de epitelio receptivo, mientras sollozo con igual emoción.
Creen que no veo, pero yo respondo a la mirada acuosa, de miel, que me sostiene jurándome que siempre, siempre, estará a mi lado. Yo sé que así será.
Con un gesto protector tantas veces reiterado, me invita al banquete venido de sus senos. Entonces, sé que he rendido el examen más difícil y que estoy viva. Que el prodigio de su leche me nutrirá para adquirir la fuerza necesaria.
Primera estación.
He llegado.
Ahora será cuestión de dormir, descansar lo suficiente, para seguir andando este largo viaje hasta el final; hasta cuando Dios diga...

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A pocos metros, un hombre me mira embelesado.
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