La literatura es mágica. Hay magia no sólo en su origen sino en la recepción. Cada uno la recibe e interpreta según sus modos vivenciales o sus propios deseos. No he encontrado dos respuestas parecidas cuando pregunto a mis amigos la interpretación final de mis relatos. Pero la magia no queda ahí, sino que ésta intrínseca en la propia obra. Los textos se comunican, fuera de la realidad del escritor, estableciendo relaciones entre ellos que se les escapan incluso al propio autor. Hay libro que nos remiten a otros por asimilación o semejanza, pero también frecuentemente se posicionan frecuentemente con otros.
Esto me sucedió hace unos días cuando comencé a leer “Dos mujeres en Praga“ Juan José Millás. No había leído nada de este periodista, más allá de alguna columna en algún periódico nacional. He de reconocer que nunca lo hubiese aceptado en mi lista de escritores por leer, pero ha sido uno de estos libros heredados (leer la magdalena de Proust) a los que irremediablemente me llevó una tarde somnolienta de domingo. Pertenece Millás a la nómina de escritores mediáticos y comerciales, bien situados en el panorama literario español que escriben periódicamente bajo instancia de su editor para lectores poco exigentes y acomodados y a los que, en agradecimiento, alguna editorial dedicará algún premio que redundará en mayor beneficio comercial.
No pude pasar de la página 37. Dejé el libro tostándose al sol y me comencé a reflexionar el por qué de esa insistencia del autor en la búsqueda enfrascada de lo extraño y lo raro como materia novelable, cuando, la realidad tiene suficientes material como para inundar un océano de novelas. Si bien es cierto que escribir sobre lo absurdo te puede convertir en un Cortazar o Murakami, también te puede llevar a ser un Millás de andar por casa, en la diferencia radica la genialidad.
En Dos mujeres en Praga el autor en un estilo periodístico superfluo y vacío de contenido la vida de unos personajes planos y poco creíbles, donde los diálogos no se sostienen y el argumento (a causa de esa enfranscada búsqueda de originalidad, tan característica del autor, que solo esconde que no tiene nada que decir,) se convierten en estúpidos, como el caso de la mujer que se tapa el ojo derecho y utiliza solo la parte izquierda de su cuerpo para ver la vida distinta. Sin comentarios.
Como casi siempre que comienzo una novela mala me pregunto cuan grande esl ego el escritor para atreverse a publicar algo tan malo y por qué no ha sabido estar callado. Esta pregunta sin respuesta me ha llevado a a la literatura del No, que decía Vilas Matas, y a la gran nómina de autores geniales que un día decidieron no escribir más porque o no tenían más que decir o pensaban que era incompatible vivir y escribir. Para la gran mayoría, en cambio, la negativa era de tipo más pedestre: el panorama literario era tan vacuo y ausente de calidad que prefirieron no publicar en un contexto así donde el lector había sido absorbido por la voragine comercial.
Como antídoto a aquella pesada digestión que me había provocado la novela comencé la búsqueda desesperada por mi biblioteca del genial autor que dio comienzo a la teoría de la inacción. Allí estaba, condensado, trepidante, hasta el final, Bartebly, el escribiente de Herman Melville. Lei de nuevo el famoso cuento donde se narra la vida un enigmático personaje, Bartebly, que deja un día de escribir y acaba renunciando a no hacer nada de lo que su jefe lo ordena con la misma y recurrente frase “preferiría no hacerlo”. La deliciosa obrita, símbolo universal de la literatura, condensa en apenas cincuenta páginas todo un mundo de absurdo y existencialismo vital que algunos posteriores escritores han intentado seguir con mayor o menor éxito. Sin embargo, pocos autores actuales, ante la falta de ideas o de calidad literaria se atreven a

responden como el genial Baterbly “ preferiría no hacerlo” .